Era una linda sirena
que del mar se había escapado,
era tan linda… tan linda
que el mar se puso celoso.
Tenía tez nacarada
y ojos de dulce mirar
cabellera lacia oscura
y sonrisa angelical
toda ella, era fragancia
toda ella, toda ella…
era de sutil prestancia
con luminosidad de estrella.
Una mañana soleada
a un paseo en la playa
se fueron alegremente,
y en el vaivén de las olas
se columpiaba su cuerpo.
Poseidón emerge de pronto
en medio del mar azul
y contento dice a la niña:
“Princesita vuelve al mar
Y dale tu aliento y tu suspirar”
En el fondo de este mar
tengo un palacio de cristalinas rocas
y una carroza de concha nácar
adornada con perlas y corales.
¡Vuelve al mar, tú serás ahí la reina!
La dulce niña responde
Al augusto Poseidón:
“Primero, he de ascender
Adonde está mi creador”
Y una estrella iré a prender
en el combo azul del cielo.
¡Ahí donde todo es luz
Y reina el amor!
Y a ti inquieto mar
te dejo mi aliento y mi suspirar,
te regalo mi última poesía
que hoy escribiré en la arena
y aquella dulce niña
que de gracia era llena,
toda ella… Toda ella era poesía.
Aún resuena en los oídos
de aquella madre y abuela
la música de aquel sonoro beso
que aquella dulce niña
tan bella como la aurora
cada mañana y en todo momento,
depositaba con cariño en sus mejillas.
Pasará el tiempo… Mucho tiempo tal vez,
pero y el recuerdo y la imagen
de aquella dulce niña quedará
grabado en piedra blanca
… ¡En la memoria y en el corazón!